December 8th, 2011

Raíces

Hace poco leí un artículo en The Atlantic que me dejó a las tres menos cuarto.  

El tema era el siguiente: somos una generación a la que se le ha enseñado a apreciar la libertad de la movilidad y las ventajas de la globalización, que tiene las herramientas para moverse por el mundo, los recursos para hacerse valer más allá de las fronteras y que no quiere encadenarse a nada porque sí. Añadimos a eso unas gotas de la mayor trampa inmobiliario-generacional de la historia, en virtud de la cual convertirnos en propietarios de nuestra casa es una hazaña sólo reservada a aquellos que tienen la suerte de pagar a tocateja o a aquellos que tienen los huevos de hipotecar el resto de su vida activa. La solución es alquilar, ¿verdad?

Yo soy una happy renter desde hace muchos años, pero estoy hasta las narices de varias cosas: la primera y menos importante es la imposibilidad de tunear mis casas, que suena trivial pero comienza a perturbarme bastante porque es como estar siempre de prestado. La segunda, que los precios comienzan a no compensar, y la tercera y más importante, las casas de alquiler no son casas en las que echar raíces, y ahora que tengo un hijo me gustaría que conociera la sensación de tener un hogar familiar, y que no se críe como un nómada, cambiando de casa cada dos o tres años, que es lo que yo llevo haciendo los últimos quince.

Me gustaría tener un espacio en el que pudiera elegir si tener moqueta o parqué, me encantaría poder elegir el color de mis paredes, poder volverme loca con la black&decker, que el Bebé pudiera pintar en las paredes a su antojo, poder tirar tabiques, levantar falsos techos, colocar vigas de palo, instalar apliques, cambiar encimeras, y tener mis propios muebles, poder apuntar las alturas del Bebé en el dintel de la puerta de la cocina, saber en qué barrio vamos a vivir dentro de cinco años para poder apuntarle a los mejores colegios, y claro, tener algo que dejarle cuando la palme. Pero tal y como están las cosas seguimos viviendo de puntillas, en casas que no son nuestras, sin hacer ruido literal ni metafórico, “perdiendo” dinero con alquileres estratosféricos y sin saber dónde estaremos dentro de uno, cinco o veinte años.

No podría algún empresario, o, mejor aún, gobernante inteligente (oxímoron?) inventarse un término medio entre el comprar y el alquilar? Algo que partiera y acabara en el Estado a ser posible, que beneficiara a todos y costara poco, que nos permitiera no vivir asfixiados por una hipoteca ni con el desahogo un poco homeless de no ser propietario a los miles de millones que estamos en mi misma situación. No me vengáis con la chufa de las VPO españolas porque dios sabe que been there, done that y nunca más.

También es cierto que sin esa libertad no habríamos podido venir a vivir a Londres, ni podríamos seguir haciendo planes para marcarnos otro “y tiro porque me toca” de aquí a algunos años y quizá esa sea la prueba de fuego que tenemos que pasar: aprender a crear el hogar instantáneo donde quiera que vayamos con pocos ingredientes y mucha voluntad.

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