Quiero compartir con vosotros una foto de mi hijo.
Llevo mucho tiempo queriendo postear pero los días se empeñan en seguir teniendo 24 horas y yo cada vez tengo más cosas que hacer. Esta semana he vuelto a trabajar a tiempo completo y además entro una hora antes, a las 8, para evitar a los turistas olímpicos, con los que tengo la inmensa suerte (not) de compartir ruta en el overground. No me está costando tanto como pensaba; de hecho no me está costando nada. Ayuda mucho que la semana pasada me subieran el sueldo y me dieran un bono. Me gusta el dinero, soy asina de materialista.
El caso es que ahora tengo menos tiempo para estar con el bebé, pero lo poco o mucho que paso con él li disfruto muchísimo más. Ahora que tiene trece meses se empieza a comunicar rudimentariamente y vivir el proceso es absolutamente mágico. De un día para el otro su mente relaciona conceptos y comienza a utilizar ideas que le servirán el resto de su vida, como negarse a algo o pedir comida, dos ejemplos que se me han ocurrido al azar pero que son extremadamente útiles, ahora que lo pienso.
Seguiremos informando.
En este mundo en el que vivo yo, nos gusta razonarlo todo. Todo tiene un por qué, una historia detrás, un montón de motivos que los demás nos exigen para entender por qué hacemos esto o lo otro, qué nos mueve, qué nos conmueve, qué nos aflige y qué nos flipa. Al imperio le encanta esto, el sensacionalismo absurdo de la causalidad, como si las cosas con un porqué se dieran por legitimadas. Esto ocurre por ejemplo cuando a los asesinos los catalogan de asesinos en serie, terroristas o violentos de género y así todo el mundo respira tranquilo, como si el “es que estoy un poco loco”, el “es que no me gusta el gobierno” o el famoso ”la maté porque era mía” fueran razón para bajarse a alguien.
Lo que más me gusta de ser madre es que no tengo ninguna razón para serlo. Me pone bastante enferma cuando oigo a mujeres diciendo cosas como que quieren ser madres porque “les encantan los bebés” (mismo tipo de gente que tiene perros porque les encantan los cachorros, con historias que suelen tener finales desastrosos), o porque “se sienten preparadas” (pero hay ALGUIEN que esté preparado?) o porque “hay que hacerlo” por probar, como si fuera una droga de diseño, como si fuera realmente algo que tachar de la lista de cosas que hacer antes de morirse, en plan “tirarse en paracaídas… check… bucear en el gran arrecife de coral… check… tener gemelos… check!”.
Tampoco encajo en lo de que tener hijos es el acto definitivo de generosidad que puede realizar un ser humano, porque la generosidad es otra cosa, ni comulgo con las idioteces que dicen otros de que ser madre (o padre) es el colmo del egoísmo, o algo que haces para dejar “algo de ti” en el mundo cuando la palmes, como si tú fueras la fórmula de la cocacola y el mundo te necesitara para seguir girando. En fin.
Yo siempre he sabido que quería ser madre, de una manera tranquila y calmada, muy instintiva y muy orgánica, totalmente ligada al hecho de que soy una mujer y a la parte más maravillosa de todo lo que eso conlleva. También sabía que existía la posibilidad de no serlo, que la respeto plenamente y es más, animo a que más de uno/a se la plantee, porque hay cada cafre por ahí reproduciéndose que más nos valdría tener un poco de criterio a todos. Y no fui madre cuando me apeteció, porque a mí lo que me apetecen son las cervezas o las vacaciones, fui madre cuando pude, cuando vino y cuando se dio, sin esgrimir esas otras razones que usan algunas como que “lo tuve pasados los 30 porque los niños son más inteligentes” o “es que mi carrera es muy importBLABLABLA…”.
Y tanta duda y tanto buscar razones al final se traduce en que veo mujeres que son madres por las razones equivocadas, o en el momento más inoportuno de sus vidas, o en las circunstancias menos deseables, y me da pena que no seamos capaces de dejarnos llevar un poco más por lo que sentimos, en vez de por lo que pensamos, sobre todo a la hora de CREAR UN SER HUMANO NUEVO.
Estaría bien que ese ansia tan loable de planteárnoslo todo en campos como la ciencia, la filosofía, etc, pero en las cosas más naturales, como por ejemplo, la reproducción, el tema es mucho más sencillo (que no simple) de lo que parece. Dejemos de complicar las cosas, dejemos de pensar, dejemos de ser peterpanes eternos y vamos a ver si nos preocupamos de lo que realmente importa. Si no quieres ser madre, pues muy bien. Si quieres serlo, pues también. Pero no te escudes para lo uno ni para lo otro en razones de comedrama de hollywood porque al final la única perjudicada serás tú misma.
Últimamente me preocupa la tendencia hacia lo inmaterial que estamos experimentando. Para mí fue devastadora la noticia de que ya no volverán a imprimir la Enciclopedia Británica, aunque comprendo perfectamente las razones. Pero me hizo pensar que tanta reducción a lo digital igual no es buena para el aprendizaje de un niño. Estar rodeado toda una tarde de tus libros, en el suelo de tu cuarto, siempre va a ser más enriquecedor que la diversión que te pueda ofrecer un kindle, y que conste que soy poseedora y fanática de dicho dispositivo. Pero me parece que me lo he ganado tras miles de horas de tener entre manos libros, tebeos, enciclopedias, diccionarios, revistas, periódicos, tras leer de prestado, de biblioteca pública, libros que había en casa, libros que me regalaron, que me compré yo con mi dinero, libros que simplemente me parecieron bonitos, libros que me compré tan solo porque eran baratos, libros que me encontraron a mí, en vez de yo a ellos.

Pasa lo mismo con la música: yo viví la era de la cassette, que para un niño era lo mejor de lo mejor porque no sólo era un soporte musical perfectamente aceptable sino que soportaba las ansias de destrucción del más cafre y además permitía hacer cosas bonitas como regalar cintas o decorarlas a tope.

Con los juegos, esa parte tan vital de la vida de todos y que tan a menudo pasamos por alto o menospreciamos, también es igual: los videojuegos son la caña y los defiendo a muerte, pero no pueden nunca sustituir a los juguetes y la imaginación porque no creo que se pueda disfrutar plenamente de lo virtual si antes no se ha gozado de lo táctil. Lo tocable debería ir primero y no desaparecer nunca, porque si no, no hay referentes.
Esta tendencia de lo simple me parece que peca de eso: de simple. Que en vez de nómadas que se creen independientes y móviles a veces lo que genera es vagabundos desposeídos, que niegan una y otra vez su dimensión material con un empeño cabezón que a mí lo que me da son ganas de volver al barroco pero multiplicado por mil.
Quizá la cosa sea regularlo, inventar unas normas o plantear unos mínimos. Que el estándar para tener un libro electrónico sea haber leído en papel tanto o cuanto, o que por cada tantos libros digitales que se compren o se, ejem, adquieran, se compre otro en papel para compensar, algo que yo intento hacer a menudo.
Yo no quiero que mi hijo viva en un mundo sin referentes físicos para su imaginación. No quiero que viva en un mundo en el que las manos sólo le sirvan para apretar botones. Quiero que pase páginas, que acaricie papel, que le dé al play, que construya y que destruya, que amase y que mezcle, que aprenda y que comprenda. Que entienda que su cuerpo está en el mundo y que tiene que darle cuerda tanto como a su mente, porque negar una cosa es tan necio como negar la otra. Así de simple.
Me subo al carro del product review, más que nada por dejar constancia de las cosas que me funcionan y para compartirlo con otras madres, pero también por si acaso alguna marca me ficha y me paga mazo por publicitarles. No en vano este blog lo leen casi 4 billones de personas*. Voy a hablar sobre todo de cosas que van más allá de marcas o de obviedades, cosas que no existían cuando yo era pequeña o que considero absolutamente imprescindibles y que no son tan accesibles para el gran público.
Producto que mola nº1

Está orientado a bebés que empiezan a experimentar con alimentos sólidos. Es un chupete con agujeritos en el que metes fruta o lo que sea y el bebé lo mordisquea y va absorbiendo el alimento sin atragantarse, porque es imposible que saque trozos grandes. Pero una imagen vale más que mil palabras:
Como podemos observar, el sujeto de pruebas está encantado.

Para conocer el feeder tuve que atravesar andando una autopista con mi madre y el bebé, pero esa es otra historia. Aunque quizá como me costó tanto encontrarlo, por eso le tengo tanto cariño. Lo mejor fue cuando pasó un coche de policía y mi madre entró en pánico y se puso a agitar los brazos para llamarles mientras yo intentaba pedirle que parara y hacer que no la conocía al mismo tiempo.
Próxima entrega:
Shampoo rinser: parece una tontería, pero NO lo es
* NOT.
A mi abuela, que es la persona que más admiro de todas las que he conocido en mi vida, le flipaba McGyver. No se lo perdía. Nos sentábamos las dos con unas pipas y nos veíamos el episodio y lo comentábamos, y mi abuela se reía, y decía “qué tío McGyver!”, siendo su parte preferida aquella en la que McGyver solucionaba lo IMPOSIBLE con medios absolutamente escasos, en situaciones inverosímiles.
Ahora me doy cuenta de lo que pasaba. Mi abuela pasó escaseces horribles en varios momentos de su vida y para ella “ser apañao” era lo máximo que se podía ser en la vida. Los apañaos son los que triunfan cuando las cosas se ponen chungas de verdad, cuando los títulos y las tonterías no valen para nada.
Por eso me obsesiona que mi hijo no sea un inútil, como somos muchos de mi generación. Puede sonar increíble, pero me preocupa mucho más que sepa cocinar, cuidar una planta, coser un botón, conducir, hacer la compra, arreglar un aparato, nadar, montar en bici, manejarse mínimamente con un motor, instalar cosas, montar muebles y que tenga nociones básicas de primeros auxilios entre otras cosas, a que tenga una carrera universitaria. De toda la gente que he conocido en mi vida, siempre me ha parecido mucho más admirable alguien con recursos que los inútiles cargados de conocimientos inútiles, empachados de teoría, rebosantes de conocimientos que sí, que están bien, pero que sin lo otro, sin lo imprescindible, se convierten en un montón de bluf absurdo, porque la gente que no sabe hacer cosas es gente que no sabe aplicar la teoría a la práctica, y entonces apaga y vámonos.
El saber no ocupa lugar pero el tiempo es limitado. A la hora de sentarnos a aprender algo o a enseñar algo a nuestros hijos tenemos que tener en cuenta que el día tiene sólo 24 horas y que no podemos andar a la sopa boba enseñando cosas que están GENIAL y que me parecen guay pero que no son imprescindibles. ¿Se puede alcanzar un equilibrio entre lo apañao y lo elevado, entre lo útil y lo intelectual? ¿Por qué las cosas más pragmáticas y mundanas se han eliminado completamente de los temarios europeos, desechándolas y menospreciándolas como si fueran lo puto peor? ¿Cómo es posible que alguien piense que se puede desenvolver por el mundo con un doctorado en semioticología y teoría de lo banal y luego no sepa hacer la o con un canuto?
Para mí la moralidad de cada uno es como una mesa de mezclas.

Una mesa de mezclas infinita, que mide la opinión de cada uno ante cada cosa de la vida, desde ponerse ciego a comida basura hasta copiar en un examen, desde apalear a un animal hasta el asesinato a sangre fría.
A lo largo de la vida, vamos ajustando cada botoncito. Hay cosas que en un principio nos parecen intolerables, como quedarnos en casa un viernes por la noche cuando tenemos 17 años, que luego incluso nos producen un placer infinito. Y hay cosas que en un principio nos parecen genial, como ponernos cerdos a burger king, que al cabo de los años ajustamos hasta el punto de que jamás volvemos a hacerlo.
Hay gente tarada (en el sentido estricto de la palabra), que tiene los botones mal ajustados, los tiene a cero o al tope, y por eso hace cosas destructivas o malignas, gente que no conoce, que pierde el norte, que está mal. Con esos no me meto.
No creo que haya dos mesas de mezclas iguales en el mundo. Cada uno tiene su opinión y sus estándares, cada uno sabe cuánto es lo más bajo que ha caído en su vida y qué cosas no piensa tolerar bajo ninguna circunstancia. Pero hay cosas que a mí me parecen universales y que en ocasiones veo a otros vulnerar como si nada, y no sólo me cabreo sino que en ocasiones la violación de mis estándares me parece tan flagrante que no entiendo absolutamente nada, que por momentos pienso que el mundo me está haciendo luz de gas, que estáis todos locos menos yo y entonces, claro, me vuelvo loca yo también.
Estuve hablando el otro día con una amiga de este tema. Hablamos de la gente a la que le parece graciosísimo darles alcohol a probar a los niños, de las mujeres que fuman en el embarazo, de los padres de alguien a quien conocí una vez, al que empezaron a dar café en el desayuno a los 6 años (así le fue), de la gente que pasa por la maternidad o la paternidad aplicando la ley del mínimo esfuerzo que aplica a su culo gordo, a la que traer un ser al mundo no le afecta en absoluto y es un hecho aislado en su vida que les resbala como el agua de la lluvia, que, en el catálogo de sus grandes momentos vitales, está exactamente en la misma categoría que la primera vez que montó en la montaña rusa o aquel pedo que se pilló en la playa aquel verano tan guay.
Y qué queréis que os diga, no puedo evitar que me parezca mal. Tengo ese botón de rueda al máximo de intolerancia. No puedo soportar a la gente que no es padre con entusiasmo. Si vas a hacerlo, no lo hagas por inercia, coño. Para eso de verdad que mejor que no lo hagas.
Hace unas semanas vimos por internet el momento balcón de la cúpula del PP al saberse que habían ganado las elecciones. Aparte de lo bochornoso de la gente gritándole a Mariano tonterías como “Tú sí que vales” o cosas mucho más graves como “Quita el aborto” (cómo que “quita” el aborto? Qué es, un canal de televisión? Un prefijo?), tuvimos que presenciar, ahogándonos en nuestra propia vergüenza ajena, la petición ya tradicional, y no por ello menos imbécil, del público de que botaran todos. Que bote Mariano, que bote Esperanza, blablabla… que bote Soraya! Pero, oh, Soraya no pudo porque estaba recién parida. Mariano la disculpó diciendo que en su condición no era plan y aquí paz y después gloria.
Fast forward a hace unos días, cuando colgué esto en facebook y aunque no lo hice en absoluto para buscar el apoyo generalizado de mis congéneres, tampoco se me ocurrió ni en un millón de años que iba a encontrar al menos a tres personas, cuya opinión respeto y a las que aprecio, expresando su desacuerdo. Aunque lo cierto es que después de hablar a través de esa torpe herramienta de diálogo que son los comentarios de facebook creo que ya entiendo lo que pasa. Es todo un malentendido. Es una confusión extraña entre privilegios, derechos, responsabilidades, obligaciones y libertades, como si todo fuera lo mismo, como si todos tuviéramos elección en la vida y no hubiera cosas que tenemos que hacer sí o sí, como currar o, en el caso de las mujeres que queremos ser madres, parir, o como si cuidar a un recién nacido fuera algo que pueda hacer cualquiera, porque da igual la madre, que el padre, que la abuela que la criada filipina o la nanny inglesa. Para la que tenga de eso, claro.
Soraya no tenía que haber vulnerado su baja por maternidad. Eso es así. Lo ha hecho porque es libre para hacerlo y eso no lo pienso discutir porque esa libertad es un absoluto y por tanto lo dejo a un lado y voy más allá. Soraya es una persona pública. Soraya es el ejemplo al que se van a aferrar empresarios, compañeros de trabajo, patrones, legisladores, políticos, etc, a la hora de regular la baja por maternidad en España. Ojo, las opiniones dan igual. No sé qué opinará pepito o fulanito al respecto y no me importa, pero si esas opiniones acaban generando la impresión popular de que una mujer a la semana de parir ya está para trabajar, las demás estamos VENDIDAS.
Sobre todo las que no estamos para trabajar (yo tuve una cuarentena MUY mala en la que lo pasé realmente mal) y las que no tenemos ocho mil euros al mes para comprar tiempo a otras personas para que nos cuiden el niño. Que somos la mayoría. Por no hablar de las miles de mujeres (cientos de miles?) que no tenemos cerca a la familia para que nos cuiden a los bebés ni tenemos acceso a una alternativa viable para que nuestros hijos estén bien atendidos, alimentados y estimulados.
Hay mucha gente que no está familiarizada con lo que supone un embarazo, un parto, un nacimiento y los cuidados del recién nacido. Porque no han tenido hermanos pequeños, porque no han tenido primos o sobrinos, porque no hay niños en su familia o cerca de ellos. Esa gente no sabe lo duro que es. Puedo ocupar todos los servidores de tumblr y parte del extranjero contando lo jodido que es ser madre, sobre todo al principio, sobre todo cuando tienes pocos recursos, cuando nadie te ayuda. Y no creo que nadie pueda rebatirme que somos la mayoría las que lo tenemos más bien tirando a difícil: Soraya es una privilegiada. No es un ejemplo de nada. Si ella ha hecho lo que ha hecho, es a costa de muchas cosas, mucho dinero, el tiempo de otras personas, sacrificios, y su decisión de saltarse a la torera la cuarentena ha supuesto un paso atrás en los muy necesarios avances que todavía hacen falta en España respecto a la LAMENTABLE baja por maternidad que tenemos con respecto al resto de Europa. Hay que avanzar hacia el año mínimo y la jugada de Soraya no sólo ha validado los cuatro meses de mierda sino que da a entender que es tiempo de SOBRA.
En fin, una pena. No sé si la vicepresidencia del gobierno valdrá perderse los primeros meses de vida de su hijo, eso en su conciencia queda, y a mí no me puede importar ni incumbir menos. Lo que sé es que ahora muchas españolas que valen su peso en oro en el terreno laboral van a tener que retrasar todavía más o incluso renunciar a su maternidad porque la igualdad ha sufrido un guantazo en la cara y yo tengo muy claro quién lo ha dado. Y mientras tanto, y como siempre, los empresarios frotándose las manos, porque ellos son los que ganan, no lo olvidemos. Ni los niños, ni las madres ni la política española ni nada: es el capital el que se beneficia de los recortes sociales. Mientras sigamos pensando que la maternidad es una opción y que “ah, si no has ascendido en tu carrera es porque te dio el capricho de ser madre, pues ahora te jodes y apechugas y curras el triple en menos tiempo, y además sé madre modelo porque no aceptamos nada menos que la perfección” así nos irá de mal. Mientras sigamos pensando que tomarse tiempo para cuidar a un niño es el equivalente a tomarse un año sabático para, por ejemplo, explorar la espiritualidad propia surfeando en el gran arrecife de coral, así nos irá de mal. Ser madre no es un capricho ni una opción, y no es algo que llevas dentro nueve meses y luego ya eres libre como los pájaros. No es una experiencia personal opcional, algo que haces porque “mola”. Es una cosa que si la dejamos de hacer, NOS EXTINGUIMOS. Y hasta aquí puedo leer.
Se acercan esas señaladas fechas de los cojones y surge un dilema en mi familia. Yo no quiero contarle la milonga de papá noel/reyes magos a mi hijo y su padre sí. Quiere que montemos el paripé, le mintamos, le dejemos al margen de todo y luego le decepcionemos profundamente cuando se descubra el pastel. Quiere contarle que un señor mayor escandinavo, probablemente alcohólico (no se me ocurre una figura menos infantil) le regala cosas porque sí, o que tres morinchis vienen de un lugar incierto que ahora mismo está en guerra porque no sé qué del niño Jesús (otra milonga que no le pienso ni mencionar), para luego explicarle que no, que todas las complicadas teorías explicando cómo un menda en trineo puede repartir regalos a todos los niños del mundo en una sola noche son lo que parecía en un principio: una gran falacia.
Yo prefiero contarle que cuando quieres a alguien le das lo más valioso que tienes: tu tiempo y tu atención. Y tras escucharle todo el año diciendo cosas como “quiero un mono/un flotador/un botijo/un kilo de churros”, acabas buscándolo, gastándote la pasta, envolviéndolo a escondidillas y regalándoselo, porque es mucho más divertido hacerle formar parte de todo esto desde el principio y que sea tanto regalador como regalado, porque siempre me ha parecido que ambas cosas son igualmente placenteras. Me encantaría verle organizándose para regalarnos cosas a sus padres y a sus abuelos, ver cómo funciona su mente y sus recursos mientras sea pequeño, y que aprenda que la generosidad también puede ser divertida.
Prefiero eso a las bobadas de los camellos y la copita, cosa que yo no recuerdo haberme creído jamás porque siempre pillaba a los mayores en renuncios, ya que pensaban que hablaban en clave o que yo no me iba a enterar, o bien me encontraba los regalos en un registro inocente de la parte más recóndita de algún armario que me habían prohibido abrir. Mi mayor miedo era que se enteraran de que yo lo sabía, porque pensaba que entonces dejarían de regalarme cosas, y estuve muchos años haciendo el paripé hasta que un día salí del armario y confesé y… todo siguió exactamente igual. O quizá mejor porque ya nadie tenía que montar historias absurdas y todos pudimos hablar abiertamente de qué queríamos, qué podíamos regalarle a otras personas, cuándo ir a comprarlo, cuándo dárselo, en fin, la parte divertida de regalar.
Dice mi marido que dónde queda la ilusión, la magia BLAAABLABLABLBLA, y yo a eso respondo que para eso está la ficción, la literatura, los cuentos, la narrativa, las películas, los dibujos, el rol, los juegos de mesa, en fin, todo lo demás. Sé que es una opinión impopular y que la gente normal, presa de esa absurda nostalgia por la infancia que me da una grima horrible, pondrá el grito en el cielo, pero quiero lanzar esta botella al mar de internet, a ver si alguien lee mi mensaje y me apoya aunque sea un poco.
Firmado: el Grinch.
Hace poco leí un artículo en The Atlantic que me dejó a las tres menos cuarto.
El tema era el siguiente: somos una generación a la que se le ha enseñado a apreciar la libertad de la movilidad y las ventajas de la globalización, que tiene las herramientas para moverse por el mundo, los recursos para hacerse valer más allá de las fronteras y que no quiere encadenarse a nada porque sí. Añadimos a eso unas gotas de la mayor trampa inmobiliario-generacional de la historia, en virtud de la cual convertirnos en propietarios de nuestra casa es una hazaña sólo reservada a aquellos que tienen la suerte de pagar a tocateja o a aquellos que tienen los huevos de hipotecar el resto de su vida activa. La solución es alquilar, ¿verdad?
Yo soy una happy renter desde hace muchos años, pero estoy hasta las narices de varias cosas: la primera y menos importante es la imposibilidad de tunear mis casas, que suena trivial pero comienza a perturbarme bastante porque es como estar siempre de prestado. La segunda, que los precios comienzan a no compensar, y la tercera y más importante, las casas de alquiler no son casas en las que echar raíces, y ahora que tengo un hijo me gustaría que conociera la sensación de tener un hogar familiar, y que no se críe como un nómada, cambiando de casa cada dos o tres años, que es lo que yo llevo haciendo los últimos quince.
Me gustaría tener un espacio en el que pudiera elegir si tener moqueta o parqué, me encantaría poder elegir el color de mis paredes, poder volverme loca con la black&decker, que el Bebé pudiera pintar en las paredes a su antojo, poder tirar tabiques, levantar falsos techos, colocar vigas de palo, instalar apliques, cambiar encimeras, y tener mis propios muebles, poder apuntar las alturas del Bebé en el dintel de la puerta de la cocina, saber en qué barrio vamos a vivir dentro de cinco años para poder apuntarle a los mejores colegios, y claro, tener algo que dejarle cuando la palme. Pero tal y como están las cosas seguimos viviendo de puntillas, en casas que no son nuestras, sin hacer ruido literal ni metafórico, “perdiendo” dinero con alquileres estratosféricos y sin saber dónde estaremos dentro de uno, cinco o veinte años.
No podría algún empresario, o, mejor aún, gobernante inteligente (oxímoron?) inventarse un término medio entre el comprar y el alquilar? Algo que partiera y acabara en el Estado a ser posible, que beneficiara a todos y costara poco, que nos permitiera no vivir asfixiados por una hipoteca ni con el desahogo un poco homeless de no ser propietario a los miles de millones que estamos en mi misma situación. No me vengáis con la chufa de las VPO españolas porque dios sabe que been there, done that y nunca más.
También es cierto que sin esa libertad no habríamos podido venir a vivir a Londres, ni podríamos seguir haciendo planes para marcarnos otro “y tiro porque me toca” de aquí a algunos años y quizá esa sea la prueba de fuego que tenemos que pasar: aprender a crear el hogar instantáneo donde quiera que vayamos con pocos ingredientes y mucha voluntad.
Quiero compartir con vosotros una foto de mi hijo.